Mientras que para los hombres viudos es sencillo volverse a casar, las mujeres lo tienen prácticamente imposible, especialmente si tienen hijos (algo habitual); mientras que un hombre mantiene las propiedades tras la muerte de su esposa, una viuda es obligada a volver a casa de sus padres y perder todos los derechos. La discriminación es cultural, social, económica y emocional.

Para los más fundamentalistas de la tradición y la religión hindú, el valor de la mujer lo aporta su papel de madre, esposa o hija. No es un valor intrínseco sino asociado.
Por eso las viudas han aprendido a vivir entre sombras, invisibles. La directora Deepa Metha recreó esta situación en la maravillosa película Agua, y la oposición que encontraron en Varanasi por parte de los fundamentalistas hindúes (Hindutva) les obligó a marcharse con todo el equipo.
Y es que se calcula que sólo en Varanasi (Benarés) hay 100.000 viudas esperando la muerte. Morir en Varanasi significa ganar el paraíso y librarse automáticamente del ciclo de vida, muerte y reencarnación.
Cien mil, de las aproximadamente 33 millones en toda India.
Ellas malviven aquí, en la “ciudad de la Luz”, mendigando en las calles, ofreciéndose al Ganges cada día y residiendo en centros especiales para viudas donde aprenden a tejer o bordar y se les orienta para obtener cierta independencia económica, se les da de comer y donde, juntas, intentan curar sus heridas.
Son un borrón enorme en la conciencia de un país que lleva décadas luchando por eliminar estas expresiones culturales que vulneran claramente los derechos humanos.

- Reportaje fotográfico en WashingtonPost
- Reportaje fotográfico en TheGuardian
- Una vez enviudada, dos veces despreciada (en Indiga.org)
- Estudio sobre la situación de las viudas en Vrindavan y Varanasi (en inglés)
- Recursos y artículos sobre “La mujer en India” (en inglés)
Fotos: Manpreet Romana/AFP/Getty
Abrazos desde Varanasi (Benarés)
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